Este domingo 26 de noviembre se celebrarán las elecciones generales de Honduras. En la punta de la contienda presidencial se encuentra el Partido Nacional y la Alianza de Oposición contra la dictadura. Ambos con peculiaridades hasta el momento no vistas en la historia del país.

Por un lado, el Partido Nacional quien ha gobernado aproximadamente 53 años el país desde su fundación en 1902, que en sus dos últimos periodos de gobierno, con Porfirio Lobo Sosa( 2010 – 2014) y  el actual presidente Juan Orlando Hernández (2014- actualidad) ha sido acusado con pruebas de cometer fuertes actos de corrupción, incluyendo la violentación a la Constitución de la República al considerar inaplicable el artículo 239 que prohíbe la reelección presidencial y así  permitir que el actual presidente pueda participar nuevamente en el proceso electoral. Siendo ésta la primera vez en la actual vida democrática que existe una candidatura de reelección.

Por otro lado se encuentra La Alianza de Oposición contra la Dictadura que es una emergente fuerza política conformada formalmente el 15 de enero de 2017 por una coalición de los partidos políticos Partido Libertad y Refundación (LIBRE, fundado en el 2012) y Partido Innovación y Unidad (PIN, fundado en 1970) y la mayor parte de la membresía  del  Partido Anticorrupción (PAC) la cual se desprende del mismo para unirse a las filas de La Alianza. Es encabezada por Salvador Nasralla, quien dio su primera aparición en la vida política partidaria del país en el 2013, al participar como candidato presidencial del PAC, partido que fundó y del cual fue expulsado vitaliciamente en el 2017. Dando así las condiciones para que por  segunda vez en la historia que existe una candidatura de alianza.

A pocas horas para las elecciones generales el ambiente social se ha bifurcado entre el llamado masivo a la participación electoral, el llamado a la nulidad del voto y al abstencionismo.

Existen tres fuertes razones por las que ejercer el sufragio, más allá de que es un derecho y una obligación ciudadana, esta vez es fundamental para el curso que tomará el país.

La primera es que el descontento generalizado de la población con el actual gobierno se materializará en las urnas, ya sea por voto de castigo, ya sea por identificación partidaria con quienes representan la oposición o por genuina credibilidad de alcanzar un cambio social, por lo que fuese, que la mayoría de la población vea la vía electoral como una probabilidad hace que existe una probabilidad de un gane electoral.

La segunda, en el año 2013 se comprobó que existió fraude electoral y es de conocimiento público que la ejecución de dicho fraude fue en todas las escalas, desde el ejercicio del sufragio de personas inexistentes, la confabulación de todos los partidos de maletín para la  manipulación de actas de las MER hasta los estratos más altos que son los pactos en el TSE. Entendiendo la flexible moral de algunas personas que están inmersas en el proceso se convierte en una obligación ciudadana hacer nuestra parte para disminuir la probabilidad de que esos actos de corrupción vuelvan a ocurrir. Se debe participar y estar vigilante a todo el proceso.

La tercera es vencer la decepción que lleva  a niveles de inmovilidad, creer que de nada sirve asistir a las urnas porque no se puede ganar, porque todo está arreglado, porque aunque ganase La Alianza no cambiaría nada, son respuestas entendibles, pero no debe de ser una razón para no hacer nada ante la realidad que nos carcome cotidianamente. Ir a las urnas y hacer el voto lógico debe ser el primer paso de un largo camino de transformación social con el que toda persona de Honduras debe comprometerse. Si gana La Alianza de Oposición, la población Hondureña debe convertirse en una fuente de observación permanente y un sector propositivo, si existe el fraude la población del país debe organizarse para ofensiva en las calles.

Ninguna de las anteriores permea el proceso de un fraude, pero es una obligación social y revolucionaría hacer en todos los ejes la lucha para alcanzar un objetivo común que es rescatar el país de quienes lo tienen profundamente empobrecido.

Votar en plancha, votar cruzado, votar nulo es una decisión individual, pero la responsabilidad es asistir el domingo a las urnas sin excusas y prepararse para el futuro.

El votar nulo que es la primera opción de algunas personas inconformes, debe hacerse de una manera que quede claramente evidenciado que es nulo, ya que si se deja en blanco es una paraíso del fraude en las mismas MER, el voto nulo debe ser manchar TOTALMENTE la papeleta, quemarla hasta hacerla cenizas, derramar pintura completamente o lo que sea, pero el voto nulo debe hacerse con la responsabilidad de no permitir que esa nulidad al  momento del conteo se convierta en un punto más.

El no votar, el no presentarse al centro de votación es dejarle el camino sin obstáculos a quienes preparan el fraude en las MER, cada papeleta inutilizada porque no llega el votante es una papeleta que está expuesta a ser utilizada para cometer fraude.

Es irresponsable no hacer el mínimo merme a las probabilidades de fraude, es incoherente que nos llamemos al abstencionismo porque creemos que la vía electoral no es la salida pero no haber preparado otro frente de lucha, otra forma de lograr el necesario cambio en el país.

Es absurdo llamar a permanecer en la zona de confort porque la reelección es ilegal y el sistema electoral es una bazofia, pues quienes llaman al abstencionismo bajo éstos argumentos olvidan que la reelección ilegal se materializó, que con o sin la participación del pueblo el domingo habrán elecciones y habrá un ganador, legal o ilegalmente y es en ese aspecto en el que podemos influir.

Llamar al abstencionismo electoral es fomentar el estatus quo, dejar el ejercicio del poder en quienes lo tienen y lo han mal utilizado, es desmovilizar a la poca resistencia popular que existe, es sin duda alguna la mayor irresponsabilidad ante esta realidad.