En octubre pasado, desde San Pedro Sula y sus alrededores cientos de personas emprendieron un recorrido, con más incertidumbre que certezas, hacia los Estados Unidos. La huida masiva hizo ruido, mucho ruido, tanto que en el camino, cientos de personas de distintas nacionalidades salieron a ejercitar su altruismo colaborando con la supleción de necesidades básicas y otras tantas se integraron de El Salvador, Guatemala y México creando así lo que popularmente se llamó El Éxodo de migrantes.

Salieron siendo cientos, pero a finales de noviembre, cuando se enfrentaban de cara con la xenofobia y aporofobia hecha concreto en la frontera de México con Estados Unidos, eran miles, mayormente jóvenes y niños y niñas.

La caravana de migrantes huye de una pobreza generalizada en la región que no les deja otra opción que arriesgarse a una travesía dolorosa, huye de la inseguridad, de la violencia, del desempleo, del hambre, del miedo, de la desesperanza. La caravana de migrantes es el reflejo de un estado (de los estados) fallidos, corruptos, ineficientes. Estados que históricamente han sido incapaces de proteger a los sectores más vulnerables dentro de sus sociedades, es el reflejando su colapso.

La caravana, como fenómeno social, está construida desde las individualidades de quienes la conforman y es esta peculiaridad la que evidencia un componente psicológico importante a resaltar.

Migrar es comparativo a un proceso de duelo, un individuo se separa física y emocionalmente de algo que aprecia, siendo éste un proceso complejo que, si se desarrolla de manera desfavorable, pues desembocar en un conflicto depresivo.

En el caso particular de ésta inusual migración colectiva, la que es resultado de una elección donde no hay más elementos por elegir, se convierte entonces en un autoimposición, el individuo elige irse porque no hay más alternativa. Estas circunstancias convierten el acto de migrar en un proceso traumático por las condiciones en las que arranca.

Migrar significa salir de la zona de confort, es decir, de la zona donde cada individuo se siente física, emocional e intelectualmente seguro, lo que causa un estado mínimo de ansiedad ya que se enfrentan a la incertidumbre. Así mismo, debido a que lo que está fuera de nuestra zona de confort es algo desconocido y lo desconocido nos induce a un estado de alerta mental que a su vez genera un gasto de energía mental extra, lo que al someterse prolongadamente a esa realidad genera episodios de estrés.

Sumado a esto, el proceso de migración ilegal, genera condiciones humanas deplorables, donde quienes los realizan se enfrentan a un desgaste físico significativo, ya que se exponen a prolongados tiempo de inanición de alimentos, prolongados periodos con exposición solar, alteraciones de los ciclos de sueño, posibles y muy probables exposiciones a la violencia, entre muchas otras situaciones.

Luego, si la migración concluye con la instalación en una nueva región, las personas que migran deben adecuarse a un nuevo entorno cultural, donde se enfrentan a la discriminación, estigma, rechazo, mayormente cuando el nuevo nido cultural presenta características muy diferentes como el idioma, la alimentación y las prácticas sociales. Pueden sentir culpa por haber migrado, tristeza, miedo, resistencia a las nuevas interacciones sociales y sentimientos de inadecuación.

Por otro lado, en las familias de quien migra también existe un impacto psicológico, pues existe un vacío físico y emocional por la persona que se fue, se pueden presentar sentimientos de abandono y tristeza, mayormente en la familia nuclear de quien emigra.

Con éste marco psicológico, se evidencia que los retos de una persona migrante van más allá de el sobrevivir la travesía y que los efectos de la migración sociales e individuales no recaen solamente en quien se va, sino en quienes se quedan a la espera de un futuro mejor.