La práxis de suicidio ha existido desde hace miles de años en las distintas sociedades y se ha presentado con diferentes connotaciones negativas. Por ejemplo, en la antigua Atenas era motivo para, postmorten, ser considerado sin honor si se cometía sin aprobación del estado; en las religiones judeocristiana es un pecado; en la antigua Roma era considerado un crimen contra el Estado y en el Hinduismo es considerado una interrupción del ciclo de la muerte y el renacimiento.

Desde un punto de vista sociológico, Durkheim plantea que los suicidios son fenómenos individuales que responden a causas sociales. Propone que el suicidio es el resultado de la fortaleza o la debilidad del control de la sociedad sobre el individuo. Así mismo plantea principalmente cuatro tipos de suicidios: el suicidio altruista, que se da en individuos integrados a la sociedad los cuales por circunstancias internas o externas pierden las opciones honorables para vivir; el suicidio egoísta en el que individuos están aislados de la sociedad y de las exigencias morales, normativas y conductuales de la misma; el suicidio anómico que  se manifiesta en individuos que experimentan un repentina ruptura con la sociedad y como consecuencia se presenta una visión distorsionada de la misma, y por último el suicidio fatalista que surge cuando la sociedad y sus componentes generan una excesiva rigurosidad sobre un individuo.

En la filosofía, Hesse plantea la naturaleza suicida intrínseca en cada individuo, que va más allá de la lucha antagónica de la moral humana y responde a la entrega intensa a la idea del suicidio ante la menor conmoción.

Desde la óptica psicológica, las diferentes escuelas de teorización plantean diversas tesis del comportamiento suicida que se pueden englobar en el suicidio por perturbación mental, es decir, motivado por un funcionamiento biológico inadecuado, como ser bajos niveles de serotonina (el neurotramisor relacionado con el estado de ánimo, la percepción, la agresividad, entre otros) o por un funcionamiento psicológico disfuncional que suele ser antecedido por actitudes y comportamientos notorios y progresivos: se recurre a comenzar con la ideación suicida; que es el pensamiento del método y la acción suicida, seguido de la amenaza suicida; que es cuando se expresa verbalmente la idea del suicidio. Se continúa con el gesto suicida, que es expresar por actos la idea del suicidio englobando la autoagresión como ser la autoflagelación y las conductas de riesgo, llegando así a la simulación suicida que es un suicidio que por factores internos no cumple su objetivo, y al intento suicida que es cuando por factores externos no cumple su objetivo. Todas estas actitudes pueden culminar en un suicidio consumado.

Así mismo existen condiciones mentales clínicas como ser los trastornos relacionados con estrés postraumático, depresión mayor, esquizofrenia y trastornos obsesivo-compulsivos que predisponen a las personas a estos comportamientos. Sin embargo, en nuestra sociedad neoliberal el suicidio también está altamente relacionado a condiciones extremas de estrés, ansiedad y aflicción emocional provocadas por factores de precariedad económica como el desempleo, la pobreza, el nulo acceso a la satisfacción de las necesidades básicas, y a factores de violencia: violencia sexual, exposición a delincuencia común y desplazamiento forzado.

En conclusión, existen múltiples motivaciones y ópticas de análisis para el fenómeno del suicidio, puede considerarse como una decisión racional y una permisividad moral; como la consecuencia lógica de una perturbación psicológica o como la opción última de un individuo colapsado por la precariedad, es decir, es un fenómeno complejo donde existe la influencia de factores biológicos, psicológicos, filosóficos y sociológicos.

En la actualidad y en nuestra construcción cultural, el suicidio es un tabú pese que en nuestra cultura occidental cinco mil personas se suicidan cada año y principalmente en los meses de diciembre y enero, que figuran como los más críticos debido a la connotación cíclica de final e inicio que estas fechas connotan.

Si bien el suicidio es una decisión autónoma (es el derecho a decidir sobre la propia vida), se convierte en un problema social cuando éste se motiva por un ineficiente funcionamiento de los sistemas de salud pública y/o cuando éstos están motivados por condiciones sociales precarias que limitan el desarrollo de una vida plena y digna. Es ahí donde pese a que el suicidio apela a la libertad de elección y la autonomía individual, se convierte en un problema de seguridad social, y el Estado debe construir políticas de salud pública integrales, donde se contemple y priorice en la prevención y asistencia psicológica de la población.

En Honduras, país donde en los 52 días que van del 2019 se han registrado 37 suicidios, cifra mayor a la registrada a la misma fecha del año 2018, no se puede concebir una política de salud pública que no contemple la salud mental. No se puede concebir tampoco que en uno de sus dos hospitales mentales públicos el personal médico se vea obligado a suspender la atención al paciente por inexistencia de medicamentos y falta de pago. De igual manera, no puede avalarse que en estos hospitales se ejecuten procedimientos psiquiátricos obsoletos que incrementen el deterioro mental de pacientes.

<<La ola de suicidios>> no se reduce con solo hablar del tema, ni con dictaminar sólamente proyectos asistencialistas de prevención del suicidio en las instituciones de educación. Los crecientes índices de suicidios se reducen con el mejoramiento de las condiciones estructurales socioambientales de las personas.